22 Nov 2017

Migración, procesos transculturales y recursos internos

Por Deike Dänziger

En la actualidad, las relaciones económicas y comerciales que son cada vez más estrechas entre los países y responden al proceso acelerado de la globalización, fomentan la migración de diferentes sectores de la población. La situación social y económica está cambiando a raíz de la globalización y produce movimientos que inducen a la búsqueda de nuevas alternativas de vida para la gente. Partes de la población migran ya sea por corto tiempo o por estancias más prolongadas a otros países con fines académicos, por razones de negocios, por ampliar su horizonte cultural o por buscar simplemente un mejor nivel de vida. Se calcula que cerca de cien millones de personas viven actualmente, de manera legal o no, en un país distinto al de su origen (Martínez, 2002).

Un cambio de país por diversas razones, no necesariamente por razones económicas, implica la modificación de patrones y creencias que se formaron en la niñez y caracterizaron un ámbito cultural específico cuyos valores no siempre son aceptados en las nuevas circunstancias. El proceso de transculturación que se lleva a cabo de manera consciente o inconsciente por parte de los migrantes significa la vivencia de conflictos, el choque con las normas sociales del nuevo entorno y una socialización diferente que impacta la estructura de la personalidad de la persona a veces de manera dolorosa. La herencia cultural de la persona se cuestiona a raíz de los cambios que surgen de las relaciones interpersonales en el nuevo país, tanto en el entorno familiar como por el aislamiento social inicial, la adaptación a un nuevo grupo, etc. Los migrantes generan conductas diferentes que surgen de sus recursos internos y ayudan a transformar la nueva realidad.

Durante el proceso de transculturación, los migrantes pasan por periodos de crisis emocionales y afectivas que pueden tener implicaciones en su salud mental. Enfermedades psicosomáticas o trastornos del estado de ánimo afectan en mayor grado a personas que viven situaciones de crisis y no cuentan con una red de apoyo de confianza. La creación de redes sociales se dificulta en ocasiones por el choque cultural o la barrera del idioma. La persona afectada necesita estar en contacto con sus capacidades y potenciales para buscar ayuda o salir de la crisis. Dentro de estas capacidades se encuentra la habilidad de comunicarse, de comunicar sus emociones y sentimientos, de establecer contacto con otros, de dar y recibir y de reaccionar adecuadamente ante situaciones desagradables.

El cambio de país significa también un redescubrimiento de los recursos internos que forman parte de nuestro saber inconsciente que tiende a buscar el bienestar y el placer. Por lo tanto, la transculturación se relaciona también con procesos creativos de búsqueda de nuevas expresiones del ser, ya sea en el campo artístico, laboral o en la forma de vivir las relaciones cercanas.

Cuando estamos en contacto con personas de otros países, muchas veces sus reacciones pueden parecer extrañas, agresivas o arrogantes u ofender tal vez nuestros sentimientos. Si nos acercamos a la problemática, preguntándonos que nos pasa y que está sucediendo con la otra persona, las relaciones con los otros se transforman automáticamente en algo más divertido.

El conocimiento de las emociones y sentimientos que forma parte del proceso de transculturación y el trabajo con los recursos internos con los que cuentan los migrantes son útiles para los profesionistas del sistema de salud, entre ellos los psicólogos y psicoterapeutas, del país de acogida. Proporcionan elementos para ayudar cómodamente a equilibrar una situación de conflicto.

El trabajo psicocorporal es una herramienta valiosa para trabajar conflictos que surgen durante el proceso de transculturación porque estimula el libre flujo de la energía vital.

En la niñez y en la adolescencia hemos estado expuestos muchas veces a situaciones estresantes en la familia. Durante la infancia nos adaptamos a nuestro ambiente con el afán de ser queridos incondicionalmente pero sin la capacidad de comprender lo que pasa con las reacciones de los papas o de pedir lo que necesitamos en determinado momento. Muchas veces, las necesidades de los niños y de las niñas chocan con las expectativas de los papás, con los requerimientos sociales y con la forma de vida agitada que llevamos. Las emociones desagradables acumuladas en los hombres y las mujeres se relacionan con tales situaciones estresantes en la infancia donde las necesidades básicas no fueron satisfechas. Entre las necesidades básicas de diferentes etapas del desarrollo humano autores como Abraham Maslow y Erik Erickson destacan sobre todo la seguridad en su familia, el amor, independencia y autonomía y el derecho a expresar sus emociones entre otros (Ortiz Lachica, 2007). Si las necesidades de los niños son ignorados por mucho tiempo y su protesta es callada, las emociones reprimidas vinculadas con las reacciones fisiológicas correspondientes forman bloqueos en el cuerpo que impiden el libre flujo de la energía vital, llamada por Wilhelm Reich energía biológica “orgón”, proceso analizado por primera vez por él a partir de 1934 (Reich, 1942) El resultado de los bloqueos es la formación de una coraza emocional y corporal que nos protege del dolor para dar lugar a una determinada estructura de carácter, como lo llama Reich, relacionando la expresión corporal con la conducta emocional. El inconsciente se refleja a través del sistema vegetativo en la musculatura y en el cuerpo.

Aprovechar nuestros recursos emocionales significa entonces, permitir el flujo de nuestra energía vital para sentir placer en lo que hacemos y para disfrutar lo que somos.